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Faroles sobre el agua: Recordando en CDMX

Faroles sobre el agua para honrar la memoria en un lago de Ciudad de México


Antes de caer la noche, numerosas luminarias se deslizan por el agua como un murmullo compartido, un acto conjunto para honrar a quienes se han ido y mantener viva su memoria en comunidad. Esta ceremonia, nacida de tradiciones asiáticas y adoptada con identidad mexicana, transforma un lago de la capital en un reflejo vivo del recuerdo.

Origen y sentido de la ceremonia

Encender una luz en honor a quien ya no está se ha convertido en una forma sencilla y antigua de expresar presencia; la ceremonia de faroles sobre el agua, donde faroles de papel avanzan lentamente movidos por la brisa, convoca a familias, amistades y desconocidos con un mismo propósito: agradecer, despedir o simplemente acompañar; al escribir un nombre, una fecha o una breve plegaria en el papel translúcido, cada participante convierte recuerdos íntimos en un resplandor colectivo compartido, y quizá ahí reside la esencia del ritual: transformar la ausencia en una presencia simbólica mediante un gesto visible y sereno.

En un mundo acelerado, donde los duelos suelen vivirse a puerta cerrada, esta práctica abre un espacio público que permite decir adiós sin estridencias. El ritmo pausado del agua, la luz cálida de las velas y el murmullo de las voces crean un ambiente propicio para la reflexión. No hay altavoces ni discursos largos; la coreografía es íntima y personal. Cada farol es una historia y, al mismo tiempo, una pieza de una imagen mayor que se va componiendo con el paso de los minutos.

Una adaptación mexicana con raíces asiáticas

Si bien la idea de encender linternas flotantes tiene ecos en tradiciones de Japón, China y otros países del este y sudeste asiático, su adopción en México pasa por un tamiz propio. Esta tierra conoce bien la práctica de honrar a quienes se han ido; el Día de Muertos, con sus ofrendas y cempasúchiles, enseña a convivir con la memoria sin esconderla. De algún modo, los faroles sobre el lago dialogan con esa sensibilidad: no imitan, sino que resuenan con un repertorio local de símbolos que apuestan por el color, la luz y la cercanía familiar.

La ceremonia que transforma el lago Acitlalin en un escenario de despedidas resplandecientes aprovecha esa cercanía cultural. El papel, la llama y el agua se incorporan a la estética urbana de la capital, creando vínculos entre oriente y occidente, entre lo tradicional y lo actual. Más que un espectáculo, se propone un momento de introspección. Y en vez de una solemnidad rígida, se fomenta una atmósfera amable: se oye un gracias susurrado, un hasta pronto, un te recordamos, como si cada expresión fuera una puntada sutil en la trama del tiempo.

El trayecto de la luz en el atardecer

La vivencia inicia incluso antes del primer resplandor, cuando quienes llegan con anticipación encuentran mesas simples con marcadores, breves indicaciones y un equipo dispuesto a aclarar cualquier duda. No se requiere experiencia previa, solo el deseo de participar con respeto. El farol se ensambla con tranquilidad, plegando las pestañas, colocando la pequeña base que luego flotará sobre el agua y procurando que el papel quede bien sujeto. Algunos ilustran flores, otros dibujan iniciales, y hay quienes reservan el interior para una nota personal que no necesita mostrarse.

Conforme el sol comienza a hundirse, el lago se tiñe de reflejos dorados. Alguien prende la primera vela y esa diminuta llama se va transmitiendo de mano en mano. Nada urge: el rito avanza al ritmo de la propia atención. Se escoge una orilla despejada, se inclina el farol hacia el agua y se lo deja partir, sin empujarlo ni lanzarlo. La suavidad del gesto pesa tanto como la acción misma. Al poco tiempo, una corriente apacible agrupa varios faroles y crea constelaciones fugaces que modifican su forma con cada leve movimiento.

Esa imagen —docenas de puntos cálidos que se desplazan sin ruido— produce un efecto particular: el silencio se vuelve más denso, pero no pesado. El público, incluso quien no planeaba participar, baja la voz naturalmente. Las cámaras registran la escena, sí, pero no roban el protagonismo. Cada luz en el agua se vuelve un ancla emocional; verlas alejarse, tocarse y separarse genera una respiración compartida, una sensación de compañía que, por un rato, parece suspender la urgencia cotidiana.

Protección y atención al entorno natural

Una ceremonia que incorpora fuego y papel sobre un cuerpo de agua requiere pautas precisas, por lo que, además del acompañamiento humano, se aplican protocolos de seguridad que disminuyen posibles riesgos y facilitan el desarrollo armonioso del encuentro. Se emplean faroles con bases firmes, velas de combustión regulada y papeles resistentes pero livianos. Se marca un perímetro específico para el encendido, alejado de áreas vegetales y zonas de tránsito, y se determinan espacios concretos para aproximarse a la orilla sin generar bloqueos. Los equipos de apoyo disponen de extintores y recipientes con agua para actuar ante cualquier eventualidad.

En el mismo nivel de prioridad se mantiene el respeto por el entorno, pues ninguna imagen justifica dejar residuos ni afectar la salud del lago. Por esa razón, los organizadores disponen de cuadrillas encargadas de recoger los faroles una vez que la vela se consume. Se utilizan materiales biodegradables y se coordinan jornadas de limpieza al finalizar, asegurando que el cuerpo de agua permanezca tan limpio como al principio. Además, se anima a las personas a evitar arrojar pétalos, globos u otros objetos, y a optar por mensajes cortos sin adhesivos ni tintas plásticas.

Este esfuerzo logístico no resta belleza; la multiplica. Saber que la ceremonia respeta el lugar y a quienes lo comparten agrega una capa de sentido. Cuando termina el evento, el agua vuelve a su calma habitual y la memoria de las luces perdura sin dejar huella negativa. La ética ambiental, así, se vuelve parte del rito, recordando que la mejor despedida a quienes amamos también incluye el cuidado de la casa común.

Voces que encuentran consuelo

Cada participante llega con su propia historia. Hay quienes, tras perder recientemente a un ser querido, encuentran en el farol una vía para expresar aquello que no pudieron decir en el funeral. Otros regresan cada año, convertida ya en una costumbre íntima que se renueva ante todos. Algunas familias escriben de manera conjunta, distribuyendo las frases entre hijos y hermanos; parejas que entrelazan las manos antes de dejar ir el farol; amistades que comparten anécdotas y pequeñas risas, porque el recuerdo también puede brillar.

La ceremonia no busca cerrar el duelo, aunque brinda un gesto simbólico profundamente significativo: hacer tangible que el lazo persiste. Observar cómo la luz avanza, se distancia y continúa resplandeciendo, aun más tenue, transmite una lección silenciosa. La persona que partió no se esfuma por completo; permanece con nosotros al nombrarla, evocarla y proyectar acciones que la honren. El agua, con su movimiento incesante, refuerza esa noción de travesía: no representa un final, sino una forma distinta de continuar presente.

Una ciudad que resguarda y celebra su herencia común

Ciudad de México está acostumbrada a habitar lo diverso. La ceremonia de faroles se suma a esa vocación de cruce cultural, mostrando que la urbe puede ser casa para heridas y para esperanzas. Un lago, que de día es refugio de caminantes y deportistas, en la tarde-noche se convierte en santuario laico donde la gente se reconoce en lo que duele y en lo que sostiene. Más que un evento, es un pacto de convivencia: nos encontramos para honrar y, al mismo tiempo, para respetar el silencio del otro.

El espacio público, tan dado a la prisa y al ruido, se redescubre como lugar de cuidado. Las miradas se ablandan, las manos se vuelven pacientes y la ciudad —tantas veces áspera— muestra un costado hospitalario. Esa transformación no requiere grandes escenarios ni artificios: basta una vela, un papel, un puñado de palabras y un cuerpo de agua que reciba la ofrenda. Lo extraordinario, aquí, nace de lo sencillo y se sostiene en la suma de gestos pequeños.

Cómo participar con respeto y sentido

Quien quiera participar tiene la opción de preparar un mensaje breve para el farol, ya sea un nombre, una dedicatoria afectuosa o una fecha especial; resulta útil llegar con anticipación, usar ropa confortable y, de ser posible, prescindir de objetos grandes que dificulten el movimiento. Las fotos se permiten con moderación, priorizando no bloquear la vista ni irrumpir en instantes íntimos. Si se va en grupo, conviene fijar un punto de reunión y organizar turnos para acercarse a la orilla, evitando concentraciones innecesarias.

También es útil pensar en el después: más allá de la belleza del momento, el rito invita a sostener la memoria con acciones cotidianas. Llamar a una persona mayor de la familia, ordenar un álbum de fotos, escribir una carta que nunca se envió, retomar una receta que un ser querido solía preparar. Los faroles abren la puerta; cada quien decide cómo atravesarla para que la presencia de quienes partieron siga nutriendo la vida.

Un cierre que deja luz adentro

Cuando las últimas velas se apagan y el lago recupera su oscuridad natural, la gente se va despacio. No hay prisa por llegar a ninguna parte. En el aire queda un murmullo suave y, en el pecho, una claridad que no depende ya del brillo exterior. Tal vez esa sea la mejor medida del valor de esta ceremonia: no la cantidad de faroles ni la foto perfecta, sino la posibilidad de que, al volver a casa, cada persona cargue con una luz más estable, menos visible, pero suficiente para acompañar el camino.

En definitiva, los faroles de papel que flotan sobre el agua representan una manera sencilla y profunda de honrar la memoria; no intentan sustituir otras prácticas, sino que coexisten con ellas y las complementan. Tampoco aspiran a ofrecer certezas absolutas, sino que brindan un momento compartido de quietud. En ese respiro, la ciudad se contempla a sí misma y reconoce que rememorar en comunidad es también una forma de avanzar. Y al depositar un farol en el lago, se aviva, al mismo tiempo, otra luz en el interior.

Por Lourdes Solórzano Hinojosa