El Fondo Monetario Internacional prevé que la economía mexicana avance 1.5% en 2026, con apoyo del dinamismo de Estados Unidos y la reconfiguración de cadenas productivas en Norteamérica, aunque persisten desafíos por la limitada inversión pública y un entorno financiero más estricto.
México inicia 2026 con una perspectiva de crecimiento estable y moderada: según el Fondo Monetario Internacional (FMI), el producto interno bruto (PIB) podría aumentar 1.5% este año, superando el 0.6% previsto para 2025. El organismo señala que la evolución económica permanecerá fuertemente ligada al ciclo de Estados Unidos, su principal socio comercial, así como al impulso de la relocalización manufacturera en la zona. No obstante, la estimación queda condicionada por diversos factores internos, entre ellos un ritmo reducido de inversión pública y un entorno financiero más restrictivo que limita el fortalecimiento de la capacidad productiva.
El informe de Perspectivas de la Economía Mundial conserva sin variación la proyección divulgada en octubre para 2026 y plantea, además, un avance de 2.1% en 2027. Este recorrido apunta a una recuperación gradual, en la que la economía deberá capitalizar los vientos externos favorables sin desatender los cuellos de botella internos que limitan su desempeño. Para el conjunto de América Latina, el FMI prevé un aumento de 2.2% en 2026 y 2.7% en 2027, con diferencias marcadas frente al rendimiento de otros emergentes, lo que resalta la necesidad urgente de impulsar reformas de productividad y mayor inversión privada.
¿Qué sustenta la proyección del 1.5% para México en 2026?
La clave de la proyección del FMI para México descansa en dos pilares: el vínculo estrecho con la economía estadounidense y la reconfiguración de cadenas de suministro en Norteamérica. La resiliencia del mercado laboral y del consumo en Estados Unidos favorece la demanda de exportaciones mexicanas, en especial en sectores automotriz, dispositivos médicos, equipo eléctrico y bienes intermedios. Al mismo tiempo, el proceso de nearshoring sostiene flujos de inversión en manufactura y logística, diversificando proveedores y ampliando la base industrial en estados fronterizos y corredores intermedios.
Sin embargo, el informe advierte que estos apoyos conviven con limitantes internas. La inversión pública ha sido contenida, lo que restringe el avance de infraestructura estratégica y la modernización de servicios básicos necesarios para catalizar la inversión privada. Además, la postura financiera global, más restrictiva que en años previos, encarece el costo de financiamiento, eleva la selectividad en proyectos y reduce el margen de maniobra fiscal en países con mayores necesidades de gasto.
2025 se perfila más frágil mientras que 2027 muestra una ligera recuperación, marcando así una fase de transición
El FMI contrasta un 2025 de crecimiento moderado —0.6%— con una aceleración a 1.5% en 2026 y 2.1% en 2027. Esta secuencia refleja una economía en fase de transición, que asimila shocks previos, ajusta desequilibrios y se acopla a un entorno externo menos volátil. El repunte posterior responde a una normalización de la demanda externa y a un mayor aprovechamiento del reordenamiento productivo regional. Aun así, el organismo sugiere que el ritmo esperado continúa por debajo de tasas necesarias para cerrar brechas sociales de forma sostenida sin un impulso adicional en productividad e inversión.
Para aprovechar plenamente la mejora prevista para 2027, la agenda interna tendría que orientarse a tres ejes: un aumento de la inversión pública que sea eficiente y actúe en sintonía con la privada; un refuerzo institucional que agilice iniciativas de alto impacto en conectividad, energía y transformación digital; y un marco de seguridad jurídica que brinde estabilidad en perspectivas de largo alcance. La articulación de estos factores no solo ampliaría el potencial de crecimiento, sino que también reduciría la vulnerabilidad frente a perturbaciones externas.
América Latina frente a una expansión moderada y desigual
El panorama regional delineado por el FMI sitúa a América Latina con un crecimiento de 2.2% en 2026, menor al promedio de economías emergentes. Entre los factores que explican esta brecha se cuentan una productividad estructuralmente baja, inversión limitada y condiciones financieras menos laxas, además de la desaceleración del comercio global. El organismo también menciona que la región ha capturado una porción menor del auge de inversión tecnológica observado en economías avanzadas, lo que limita la difusión de innovaciones y la mejora de procesos.
En 2027, el crecimiento regional repuntaría a 2.7%, aun con riesgos relevantes: reversión de flujos de capital, caída de precios de materias primas o tensiones geopolíticas. El FMI subraya que altos niveles de deuda en varios países restringen la capacidad de respuesta fiscal. En este contexto, México se posiciona como un actor con ventajas relativas por su integración con Estados Unidos y Canadá, pero necesita consolidar condiciones locales para no depender exclusivamente del ciclo externo.
Nearshoring y las cadenas de valor: una oportunidad y los factores que la impulsan
El reordenamiento de cadenas productivas en Norteamérica ofrece una ventana singular. Empresas que buscan acortar distancias, reducir riesgos geopolíticos y estabilizar costos de transporte han incrementado su interés en expandir operaciones en México. Para que ese interés se traduzca en proyectos concretos y sostenibles, se requieren condiciones habilitantes:
- Infraestructura y logística: carreteras, puertos, aduanas con mayor eficiencia y tiempos de despacho competitivos.
- Energía suficiente, confiable y limpia: disponibilidad eléctrica, gas y transición hacia fuentes renovables que cumplan criterios ESG exigidos por corporativos globales.
- Capital humano: formación técnica, certificaciones y vinculación educativa-empresa para cubrir la demanda de talento especializado.
- Certidumbre regulatoria: reglas claras y previsibles en materia laboral, ambiental y de competencia, que reduzcan costos de cumplimiento e incertidumbre.
Si estas piezas se alinean, el multiplicador del nearshoring podría elevar el crecimiento potencial por encima de las trayectorias basales del FMI, impulsando exportaciones, empleo formal y encadenamientos locales.
Inversión pública y calidad del gasto como palancas de crecimiento
El diagnóstico del FMI apunta a una inversión pública limitada como freno al avance. Más allá del monto, importa la calidad de los proyectos: priorizar obras con alto retorno social, mantenimiento oportuno de infraestructura existente y coinversión con el sector privado en donde sea pertinente. La mejora en movilidad urbana, agua y saneamiento, conectividad digital y educación técnica genera externalidades positivas que multiplican la productividad del conjunto económico.
Un enfoque de evaluación ex ante y ex post —que mida costos, beneficios y resultados— ayudaría a orientar recursos hacia iniciativas de mayor impacto. A la par, fortalecer capacidades de gestión en estados y municipios puede acelerar la ejecución y reducir cuellos de botella administrativos.
Riesgos y equilibrios macro en el horizonte 2026–2027
La trayectoria prevista está sujeta a riesgos. Entre los externos destacan cambios en el ciclo de tasas de interés en economías avanzadas, volatilidad en mercados financieros y variaciones en la demanda estadounidense. Internamente, presiones en precios energéticos o alimentarios, así como tensiones de oferta en sectores clave, podrían afectar la inflación y el ingreso real. Mantener ancladas las expectativas mediante una política monetaria creíble y coordinación fiscal prudente será esencial para proteger el poder de compra y sostener la recuperación.
El balance también incluye la necesidad de reforzar la competencia en mercados de bienes y servicios, facilitando la entrada de nuevos jugadores y la innovación. Regulaciones procompetitivas, simplificación de trámites y digitalización de gestiones públicas reducen costos y tiempos, elevando la eficiencia del aparato productivo.
Productividad, formalización y tecnología: motores del siguiente ciclo
Para convertir un crecimiento de 1.5% en un punto de partida hacia tasas más altas, la productividad debe ocupar el centro de la agenda. Tres frentes pueden acelerar resultados:
- Adopción tecnológica en pymes: herramientas digitales para ventas, gestión de inventarios, pagos y analítica simple que aumenten eficiencia y margen.
- Encadenamientos locales: vincular proveedores nacionales a grandes anclas industriales, fomentando estándares de calidad y financiamiento de capital de trabajo.
- Formalización gradual: esquemas que reduzcan costos de cumplir y aporten beneficios tangibles —financiamiento, capacitación, acceso a compras públicas— para ampliar la base formal.
Estos vectores se potencian si se integran a programas sectoriales con metas medibles y plazos definidos, apoyados por datos abiertos y evaluación transparente.
Una ruta práctica para sacar el máximo provecho de 2026
- Agilizar el desarrollo de infraestructura esencial mediante una gobernanza sólida y bien estructurada.
- Garantizar la disponibilidad de energía y avanzar hacia matrices más sostenibles que cumplan con los requerimientos de las cadenas globales.
- Reforzar las competencias del capital humano en las zonas donde la actividad manufacturera y logística muestra mayor dinamismo.
- Optimizar el entorno de negocios promoviendo seguridad regulatoria y esquemas de competencia funcionales.
- Fomentar la participación del sector privado a través de modelos de asociación y financiamiento que distribuyan de manera equilibrada riesgos y beneficios.
Con estos pasos, el 1.5% previsto para 2026 puede ser más que una cifra: el inicio de una fase de expansión sustentada en productividad, inversión y un mejor entorno para negocios y trabajadores.
Conclusión: un avance gradual con margen para progresar
La proyección del FMI coloca a México en un ritmo de expansión moderada, impulsado por vientos externos favorables aunque marcado por retos internos aún sin resolver. La opción de alcanzar un dinamismo mayor en 2027 y en los años posteriores dependerá de decisiones de política pública e inversiones capaces de cerrar rezagos en infraestructura, energía y desarrollo del capital humano. Si el país transforma el nearshoring en iniciativas tangibles, optimiza la calidad del gasto y mantiene la estabilidad macroeconómica, podría reducir la brecha frente a otras economías emergentes y convertir el ciclo actual en mejoras palpables para los hogares.
En síntesis, 2026 se perfila como una ocasión decisiva para convertir un estímulo externo en una base interna capaz de impulsar el desarrollo. Alcanzar este propósito exige constancia, una articulación sólida entre actores públicos y privados, y una mirada estratégica que priorice la productividad por encima de avances circunstanciales. El rumbo ya está trazado; el reto consiste ahora en llevarlo a cabo con rigor y continuidad.

